Oscar Malvicio

Poesía Urbana


Ahí está esa señora, 60,62…
asomada siempre a la ventana,
fumando y mirando la calle, los coches pasar,
los niños correteando, las parejas pasear,
los dedos de sus manos amarillentos,
los ojos tristes, del mismo color,
el amor nublado, olvidado para siempre
bajo esa mata de pelo rubio encrespado y desvaído.

Está impedida por algún tipo de problema de obesidad,
el culo le cuelga hasta las corvas de las pantorrillas
como un enorme escarnio divino,
como una enorme venganza de dios.

Es enormemente triste verla ir por la acera
a tirar la basura,
es enormemente triste verla volver y mirar
de nuevo la calle antes de meter la llave
en la cerradura del portal
mientras todo el mundo la mira y algunos niños
se ríen, y otros no tan niños…
Todo es enormemente triste y hasta me avergüenzo
de todas la veces que he estado enamorado
y de todas  las veces que lo han estado de mí.

Ahora se mete para adentro y me la imagino
haciéndose la cena y comiéndosela sola en la mesa
de la cocina con un vasito de vino
a la luz tenue de su desolado mundo.
Después, el baño, se asea y se mira en el espejo
intentando volver a ser niña,
lagrimas sonando con estruendo en el lavabo.
Luego a la cama,
la luz de la lámpara de la mesita de noche
velada por un camisón rosa que desvela sombras
de bailes de salón en la pared y bajo ella, el colchón,
su único descanso,
enormemente esperanzado aún.

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A medida que el tiempo va pasando
siento dolores que antes no sentía,
sí, otra vez con el trabajo…

Al levantarme por las mañanas

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Creo que tenía más o menos unos 4 años
cuando llegué a esta mierda de pueblo,
que no era más que un triste barrio
que brotaba

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La fragua del tiempo nos moldea
a través de nosotros mismos.

Aún recuerdo cuando me enamoré de María Luisa,
en el colegio…

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