NADA HA CAMBIADO


La fragua del tiempo nos moldea
a través de nosotros mismos.

Aún recuerdo cuando me enamoré de María Luisa,
en el colegio…

Yo era un retaco ladronzuelo y soñador
mal vestido (bajo mi punto de vista)
que robaba en los bolsillos de los abrigos
cuando me echaban de clase
porque mis viejos no alimentaban ni mis bolsillos
ni mi adrenalina,

y marcaba gloriosos goles en el patio
y ella, ella…
ella era una rubia preciosa con ojos claros
que me sacaba más de una cabeza
por encima de todas las clases
que agradezco que me dieran
aunque no me hayan servido de nada…

Era la chica más bonita de la clase y una de las más aplicadas.
Creo que una mañana la insulté porque no me correspondía,
bajando las escaleras hacia el recreo.

Así era yo, un pobre gilipollas sin clase.
El tiempo no me había agarrado todavía
para enseñarme lo que era bueno.

Ahora sigo siendo gilipollas,
pero de otra forma
de otra clase,
de otro estilo…

Ahora sé de qué manera hay que hacer
muchas de algunas de las cosas
que realmente merecen la pena.

Ahora la llamaría y le diría:
Nada ha cambiado, María Luisa.
Y ella me diría:
-Así es, Oscar, nada.

Y me iría con el corazón gripado, roto,
tirando de él
con una cuerda invisible de amor,
arrastrándolo por el colegio de asfalto que piso cada día
como un niño
con un globo desinflado.

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